Máxima Acuña: Quedarse también puede ser una forma de avanzar
Hay decisiones que no se negocian. Y entenderlas requiere salir, por un momento, de la lógica del costo-beneficio.
Desde afuera, muchas decisiones parecen simples. Quedarse o irse, aceptar o resistir, ceder o mantener una posición. Vistas a distancia, suelen reducirse a una evaluación lógica: qué conviene más, qué minimiza el conflicto, qué ofrece mejores condiciones materiales.
Pero esa lógica cambia por completo cuando lo que está en juego no es una variable abstracta, sino algo mucho más concreto: el lugar donde vives, la tierra que trabajas, el espacio que sostiene no solo tu economía sino tu identidad. En ese punto, la decisión deja de ser estratégica y se vuelve profundamente humana.
La historia de Máxima Acuña parte exactamente desde ese lugar.
UNA TIERRA QUE NO ES UN ACTIVO
Máxima vive en Cajamarca, una zona rural del norte de Perú, en un entorno donde la tierra no funciona únicamente como un activo económico. No es una propiedad en el sentido transaccional. Es sustento, es continuidad familiar y, en muchos casos, es identidad. Es el tipo de vínculo que no se construye pensando en el mercado, sino en generaciones.
Durante años, su vida transcurrió dentro de esa lógica. Sin exposición, sin conflicto, sin necesidad de justificar su permanencia en ese espacio. Hasta que esa estabilidad se interrumpió.
La empresa minera Yanacocha —la mina de oro más grande de América del Sur, respaldada por Newmont Mining— reclamó el terreno como parte del proyecto Conga, un megaproyecto que implicaba intervenir lagunas de agua de las que dependen comunidades enteras. A partir de ese momento, el proceso siguió un camino que, en muchos contextos, tiene un desenlace previsible: negociación, compensación económica y reubicación.
Pero no todas las decisiones encajan en ese marco.
LO QUE NO TIENE PRECIO
A Máxima se le ofreció dinero para dejar el lugar. Y aunque desde afuera esa propuesta podría parecer razonable, implica una suposición que vale la pena cuestionar: que todo tiene un equivalente económico. Que todo puede ser reemplazado.
Para ella, no era así.
Irse no significaba solo cambiar de ubicación. Significaba romper con una forma de vida construida durante décadas, con una relación con la tierra que no era intercambiable por ninguna cifra. Y decidió no hacerlo.
Esa decisión, que en apariencia es simple, transformó por completo la dinámica. Lo que pudo haber sido una transacción se convirtió en un conflicto prolongado. La presión aumentó, los procesos legales se multiplicaron, y el nivel de exposición creció, incluso cuando ella no lo buscaba. Según documentación de organizaciones de derechos humanos, Máxima y su familia enfrentaron hostigamiento, destrucción de su vivienda y presencia constante de personal de seguridad en sus tierras.
En ese punto, la asimetría se vuelve difícil de ignorar. De un lado, una corporación multinacional con recursos, abogados y capacidad de influencia institucional. Del otro, una mujer campesina defendiendo su parcela. No es una confrontación equilibrada. Y precisamente por eso, la decisión de mantenerse adquiere otro peso.
CONVICCIÓN COMO CRITERIO
Máxima no actuó desde una posición de poder ni desde una estrategia diseñada para visibilidad. No había una narrativa planificada. Lo que había era una convicción que no cambiaba, incluso cuando el entorno sí lo hacía.
Con el tiempo, el caso escaló. Llegó a instancias legales internacionales, atrajo la atención de organizaciones como Global Witness y Amnistía Internacional, y en 2016 fue reconocida con el Premio Goldman de Medioambiente, considerado el Nobel ambiental. Pero quedarse únicamente con ese reconocimiento sería reducir la historia a su consecuencia más visible, y la más cómoda.
Lo que realmente define este caso ocurre mucho antes del premio.
Está en la decisión inicial. En ese momento en que, frente a una oferta concreta y una presión creciente, alguien elige no ceder. No porque sea la opción más fácil —claramente no lo era— sino porque es la más coherente con lo que considera irrenunciable.
En un entorno donde la mayoría de las decisiones están guiadas por incentivos económicos, eficiencia o adaptación al poder, esa postura introduce una variable distinta: la convicción como criterio de acción. No es una fórmula universal ni una propuesta romántica. Es simplemente una forma de actuar que la lógica del mercado no sabe cómo procesar.
LO QUE ESTA HISTORIA NOS DICE
El caso de Máxima Acuña no es único. A lo largo de América Latina, comunidades indígenas y campesinas enfrentan versiones del mismo esquema: un recurso natural valorado por actores externos, una oferta económica presentada como solución, y una presión que escala cuando la oferta no se acepta. Lo que cambia es quién decide resistir y qué consecuencias está dispuesto a asumir.
Su historia no propone que resistir sea siempre la mejor decisión. No sugiere que la convicción personal deba imponerse sobre cualquier consideración. Lo que hace es recordar que hay situaciones donde la lógica económica no alcanza para explicar lo que está en juego.
Y que, en esos casos, quedarse no es simplemente una forma de resistir.
Puede ser, también, una forma de no perder lo que no se puede reemplazar.
Fuentes:
Goldman Environmental Prize (goldmanprize.org); Global Witness, "El negocio del silencio" (2014); Amnistía Internacional, informes sobre defensoras de tierra en América Latina (2015–2020); Derechos Humanos Sin Fronteras, documentación del caso Conga, Cajamarca, Perú.