El día en que alguien decidió que el mundo debía verse en color
Guillermo González Camarena tenía 23 años y un taller pequeño. Era suficiente.
Hay cosas que usamos todos los días sin preguntarnos de dónde vienen.
La televisión es una de ellas. Encendemos la pantalla, vemos colores, detalles, imágenes en movimiento… y seguimos con nuestra vida. No hay razón para detenerse. Todo funciona. Todo parece haber estado siempre ahí.
Pero hubo un momento en que nada de eso existía. Un momento en que todo se veía en blanco y negro. Y en ese mundo —que para la mayoría era simplemente el mundo—, alguien hizo una pregunta distinta:
¿Y si pudiera verse en color?
Guillermo González Camarena
Nació en 1917 en Guadalajara, Jalisco.
Desde niño mostró una curiosidad que no era superficial ni pasajera: era el tipo de curiosidad que no se conforma con usar las cosas, sino que necesita entender cómo funcionan. Desarmaba radios. Construía circuitos. Probaba, fallaba, volvía a intentar.
No tenía un laboratorio. No tenía financiamiento institucional. Tenía tiempo, determinación, y una pregunta que no lo dejaba en paz.
A veces, eso es suficiente para empezar.
En los años 30, la televisión era una tecnología recién nacida: inestable, limitada, con imágenes borrosas que llegaban en blanco y negro a los pocos hogares que tenían aparatos. La idea de transmitir en color existía en teoría, pero era tan compleja y costosa que la mayoría de los esfuerzos serios venían de grandes laboratorios en Estados Unidos o Europa, con equipos numerosos y presupuestos considerables.
Camarena, desde un pequeño taller en la Ciudad de México, decidió intentarlo de todos modos.
Trabajó con materiales modestos. Experimentó con combinaciones de filtros de color y sistemas de transmisión. Se equivocó muchas veces. Ajustó. Volvió a intentarlo. Y en 1940, a los 23 años, logró desarrollar un sistema funcional para transmitir televisión a color —lo suficientemente sólido como para obtener una patente en Estados Unidos ese mismo año.
23 La edad que tenía Camarena cuando patentó su sistema de televisión a color en Estados Unidos, en 1940. A esa edad, la mayoría todavía está descubriendo qué quiere hacer con su vida.
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23 La edad que tenía Camarena cuando patentó su sistema de televisión a color en Estados Unidos, en 1940. A esa edad, la mayoría todavía está descubriendo qué quiere hacer con su vida. 〰️
Vale la pena detenerse en ese número.
A esa edad, la mayoría de las personas todavía está descubriendo qué quiere hacer con su vida. Camarena ya estaba resolviendo un problema técnico que los ingenieros mejor equipados del mundo no habían terminado de resolver, y lo hacía desde un país y un contexto donde nadie esperaba ese tipo de avance.
Su trabajo no fue el único que contribuyó al desarrollo de la televisión a color —la tecnología fue evolucionando con aportes de muchas personas a lo largo de décadas. Pero su sistema fue un paso real, concreto, patentado. Una pieza en un rompecabezas que eventualmente cambiaría la forma en que el mundo ve.
La innovación rara vez es un momento único de genialidad. Es, casi siempre, una acumulación: de intentos, de fracasos, de aportes parciales que se van sumando hasta que algo cambia.
Mientras en otras partes del mundo había grandes inversiones, estructuras de investigación consolidadas y el respaldo de instituciones poderosas, en México, un joven trabajaba con lo que tenía disponible y se hacía preguntas que nadie a su alrededor consideraba urgentes.
Eso cambia algo en la narrativa habitual sobre innovación.
Solemos pensar en los grandes inventos como productos de ciertos lugares, ciertos recursos, ciertas condiciones. Silicon Valley. Los laboratorios de Bell. Los centros de investigación europeos. Y esa narrativa no es falsa —el entorno importa, el acceso importa, los recursos importan.
Pero no son los únicos factores.
La historia de Camarena es un recordatorio de que la curiosidad no respeta fronteras geográficas ni institucionales. Que las preguntas importantes pueden surgir en cualquier parte. Que a veces la limitación de recursos obliga a pensar de manera diferente, a encontrar soluciones que quienes tienen más no necesitan buscar.
Hoy vivimos rodeados de pantallas. Colores, imágenes, videos, contenido que no para. Es tan normal que resulta invisible.
Pocas veces pensamos en que detrás de esa normalidad hay décadas de trabajo acumulado. Intentos fallidos. Patentes olvidadas. Personas que se hicieron preguntas en momentos en que nadie más las consideraba relevantes.
Camarena fue una de esas personas. No inventó la televisión a color por sí solo —nadie lo hace todo solo. Pero hizo una pregunta distinta, en un lugar inesperado, con los recursos que tenía.
Y a veces, eso es exactamente lo que hace falta.
“Inventar, es ver lo que todos han visto y pensar lo que nadie ha pensado.”