LOS PESCADORES ARTESANALES: GUARDIANES DEL SILENCIO AZUL

Antes de que salga el sol, cuando el horizonte todavía no distingue entre el cielo y el agua, ya hay hombres despiertos leyendo el mar.

No lo leen con instrumentos. Lo leen con el cuerpo. Con la forma en que el viento cambia de dirección a cierta hora, con el color que toma el agua cuando una corriente fría sube desde el fondo, con el comportamiento de las aves que sobrevuelan una zona antes de que nadie más haya llegado. Es un conocimiento que no se enseña en ninguna universidad y que no está en ningún manual. Se transmite de madrugada en madrugada, de generación en generación, en el espacio estrecho de una embarcación de madera.

Los pescadores artesanales del litoral latinoamericano son, en ese sentido, algo que el mundo moderno tiene cada vez más dificultad para reconocer: depositarios de una ciencia viva.

LEER EL MAR: UNA EPISTEMOLOGÍA SIN NOMBRE

En las caletas del norte peruano, los pescadores conocen el comportamiento del Niño y la Niña no como fenómenos climáticos con nombre mediático, sino como variaciones que sus abuelos ya describían con otros términos y que ellos aprendieron a anticipar antes de que los satélites pudieran confirmarlas. Saben que cuando el agua cambia de temperatura en ciertos puntos, los cardúmenes de anchoveta se desplazan hacia el sur. Saben en qué luna faena el calamar y en cuál descansa. Saben qué zonas no se tocan en determinadas épocas del año, no porque una regulación gubernamental lo diga, sino porque el mar se los enseñó a ellos, y ellos a sus hijos.

Este tipo de conocimiento tiene un nombre técnico en la literatura académica: saber ecológico tradicional, o en inglés, Traditional Ecological Knowledge. La FAO y distintas organizaciones de conservación marina llevan décadas documentando que, en muchos casos, las vedas informales aplicadas por comunidades pesqueras artesanales preceden y superan en efectividad a las regulaciones formales del Estado. No porque los pescadores sean más inteligentes que los biólogos marinos, sino porque llevan más tiempo observando el mismo sistema sin interrupciones.

En el Nordeste brasileño, los pescadores jangadeiros de Ceará identifican los pontos de pesca —zonas productivas en mar abierto— mediante un sistema de referencias cruzadas entre accidentes geográficos de la costa visible desde el mar, que llaman marcas. Una posición se define por la intersección de dos o tres marcas simultáneas. Es, en esencia, un sistema de coordenadas sin GPS, desarrollado y refinado durante siglos, que permite navegar y localizar zonas específicas en mar abierto sin ningún instrumento electrónico.

Ese conocimiento no está patentado. No está registrado. Y en muchos casos, está a una generación de desaparecer.

LA COMUNIDAD DE LA RED: CUANDO EL BOTÍN SE COMPARTE

Hay algo en la pesca artesanal que rompe con la lógica económica dominante, y que merece nombrarse con precisión: la distribución del ingreso no se hace por propiedad sino por participación.

En la mayoría de las comunidades pesqueras artesanales del litoral latinoamericano, el sistema de reparto funciona bajo una lógica de partes. La embarcación tiene una parte. El motor tiene una parte. Cada tripulante tiene una parte. Y lo que se captura se divide en función de esas partes, no en función de quién es el dueño del bote. El propietario recibe más por su inversión, sí, pero la estructura garantiza que quien trabajó en el mar recibe una porción del resultado, no un salario fijo desvinculado de la pesca real.

Este sistema, que en apariencia es simplemente práctico, tiene consecuencias culturales profundas. Crea una alineación de intereses que la economía moderna llama skin in the game: todos ganan más si la pesca es buena, todos pierden si es mala. Eso genera un cuidado colectivo sobre el recurso que ningún contrato laboral produce de forma espontánea.

Genera también algo más difícil de cuantificar: solidaridad estructural. En muchas caletas y comunidades pesqueras de México, Colombia, Ecuador y Brasil, existe la práctica de dejar una parte del pescado para las familias que no salieron a pescar ese día porque alguien estaba enfermo, porque el bote necesitaba reparación, porque el mar no lo permitió. No es caridad. Es una red de seguridad tejida por la misma comunidad que sabe que la vulnerabilidad es rotatoria, y que mañana puede ser cualquiera quien la necesite.

LA AMENAZA QUE NO LLEGA DE UNA VEZ

La pesca industrial no destruyó a las comunidades pesqueras artesanales en un solo evento. Lo hace de forma progresiva, acumulativa y, en muchos casos, invisible para quienes no están adentro.

Primero fue la competencia directa: embarcaciones de gran escala que pueden barrer en horas lo que una flota artesanal tarda semanas en capturar. Después vino la sobreexplotación de los recursos compartidos, que deteriora las zonas de pesca que los artesanales utilizan sin que ellos tengan ninguna capacidad de incidir en las decisiones que la causan. Luego llegó el modelo económico que ofrece a los hijos de los pescadores opciones laborales en tierra que parecen más estables, más limpias y más socialmente valoradas, vaciando de jóvenes las comunidades costeras y cortando la cadena de transmisión del conocimiento.

Según datos de la FAO, la pesca artesanal representa aproximadamente el 90% de los pescadores del mundo y produce cerca del 50% del pescado destinado al consumo humano directo. Sin embargo, recibe menos del 10% de las inversiones en infraestructura y políticas del sector pesquero global. Esa asimetría entre lo que aporta y lo que recibe define mejor que cualquier otro dato la posición estructural en la que opera.

En Perú, el conflicto entre la flota artesanal y la industria harinera de anchoveta lleva décadas sin resolverse. En Brasil, la expansión de la acuicultura industrial sobre zonas costeras ha desplazado comunidades enteras de sus espacios históricos de trabajo. En México, las áreas naturales protegidas que buscan conservar el recurso marino a veces terminan excluyendo precisamente a quienes más interés tienen en que ese recurso sobreviva.

La ironía es tan evidente que duele nombrarla: las comunidades que durante siglos cuidaron el mar con mayor eficacia son, con frecuencia, las más afectadas por las políticas que intentan protegerlo.

LO QUE SE PIERDE CUANDO SE PIERDE UN PESCADOR

Cuando un pescador artesanal deja el mar para trabajar en tierra, o cuando sus hijos deciden no seguir su oficio, no se pierde solo un modo de vida. Se pierde un archivo. Un sistema de observación del océano acumulado durante décadas o siglos, que ninguna institución ha tenido la capacidad o el interés de documentar completamente.

Se pierden también modelos de gestión colectiva de recursos comunes que la economía académica lleva décadas intentando formalizar en teorías, y que estas comunidades ya venían practicando con mucha mayor sofisticación de lo que los modelos capturan. Elinor Ostrom ganó el Premio Nobel de Economía en 2009 precisamente por demostrar que las comunidades pueden gestionar recursos comunes de manera sostenible sin necesidad de privatización ni regulación estatal, cuando tienen las condiciones institucionales adecuadas. Muchas comunidades pesqueras artesanales de América Latina llevan siglos siendo el ejemplo empírico de esa teoría, sin haberla leído.

Antes de que salga el sol, ya hay hombres leyendo el mar. Leyéndolo en el único idioma en que el mar se deja leer: el de la presencia sostenida, la atención heredada y el respeto que no necesita justificación teórica porque viene de saber, con absoluta certeza, que si el mar se acaba, todo lo demás también.

Fuentes:

FAO, El estado mundial de la pesca y la acuicultura (SOFIA 2022 y 2024); Elinor Ostrom, El gobierno de los bienes comunes (1990, UNAM edición en español); ANFACO-CECOPESCA, informes sobre pesca artesanal en América Latina; Ministerio de la Producción del Perú, estadísticas del sector pesquero artesanal; IBAMA (Brasil), registros de pesca artesanal en el Nordeste; Arturo Escobar, Territorios de diferencia: lugar, movimientos, vida, redes (sobre comunidades costeras del Pacífico colombiano); Journal of Marine Policy, estudios sobre cogestión pesquera en comunidades latinoamericanas.



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